Las noches son más difíciles.


Ayer fui a subir las escaleras para ir a acostarme y tuve cuidado de no pisarte, porque tenías la manía de ponerte siempre al pie de las escaleras o en medio de la entrada de una puerta y eras tan tú que no te movías aunque te empujaran -aunque hicieran el amago de pisarte-
Ayer lloré y te eché de menos, porque esperaba que hicieras lo de siempre cuando me veías llorar, sentarte a mi lado.
No voy a negar que me quejé muchas veces cuando era una "obligación" sacarte o bañarte o cualquier otra cosa que no me apeteciera en ese preciso momento, pero aun así nada de eso quita que te necesite de vuelta, nada.
No sé que día te fuiste, quizás si rebusco en alguna red social pueda encontrar alguna señal de que día empecé a estar así de triste. Lo único que sé es que hace meses y que parece que fue ayer.
Recuerdo que llegué a casa, que no te vi y supe que ya no ibas a estar nunca más.
Nunca va haber otra leona como tú, nunca.

Te echo de menos

Emocional pain.


Tú lo sabías mejor incluso que yo, pero eras despiadado, tenías que serlo porque ninguna persona realmente enamorada sería capaz de clavar las uñas en el pecho de otra persona, romperle la piel, sentir la sangre mientras partías las costillas que estorbaban y arrancarle el corazón. Tú sonrisa despiadada cuando te relamías (porque lo repetiré las veces que haga falta, despiadado), la sangre cayendo de tu mano, manando de mi corazón. Habría jurado que tenías algún tipo de problema con infringir dolor, con la sensación de poder, de que eras algún tipo de ser superior al igual que tu has mencionado más de una vez mi gran problema por ser tan gráfica cuando decido expresar mi dolor emocional.
Pero yo no lo hago, te considero completamente humano, despiadado pero humano, como yo, como mi dolor. Y si alguna vez vuelves, que sea con guantes y lejía, porque mi sangre sigue en la alfombra, emocional o no, la culpa es tuya.

A navajazos.


Mirarle, tan frágil como fingía ser y tan fuerte como ciertamente era. Sus curvas a rebosar de cicatrices, caíamos en la cama y la sangre se extendía por la piel y cuando ardía, porque créeme, ardía, terminábamos fundidos y ya no sabía donde yo terminaba.
De aquella cama salíamos al amanecer, ella con una cicatriz más y yo dispuesto a esperarla otra vez.

La teoría de la locura.


No sé cómo empezar a escribir esto y tampoco sé porque lo escribo aquí, aunque esto último puede que si lo sepa. A veces los lugares más públicos pueden ser los más íntimos para según qué cosas.
La cuestión es que tengo una teoría sobre la vida (porque creía en el Karma, empiezo a dudar de él). 
Dicen que hay personas que nacen con estrella –o para ser estrellas- y otras que nacen estrelladas, otras veces dicen que la suerte hay que buscarla –pues un mojón de pato-, después se debate de entre quien es más feliz, el que tiene dinero, amor o salud. 
Yo tengo la suerte de poder decir que tengo dos de ellos y que aunque haya dicho “suerte” creo que sencillamente es porque yo me he esforzado por ello.
Mi teoría es que todos tenemos cierto grado de locura y si te juntas con personas adecuadas – con locura parecida- todo en la vida te irá bien, o al menos no será muy difícil.
Lo complicado es cuando el tipo de locura no es el mismo, cuando hay locuras dañinas que su único propósito es corromper al resto de personas y menospreciar su distinta forma de ser.
Es algo malo creedme, basando de la base de que tengas amor – llevas tus problemas a esa persona que aunque lo intente con todas sus fuerzas no consigue más –a veces, otras sí que te eleva hasta la luna- que mantenerte a flote, pero la corriente siempre vuelve con fuerza. Después le añades que tengas salud, pues la pierdes, no literalmente ni me quejo de tal cosa porque muchas personas querrían estar sanos, pero se pierde de alguna manera, al igual que se pierden los sueños y las esperanzas, las ideas, cualquier tipo de cosa que pueda hacerte feliz.
Pero tienes que seguir a flote, como sea.

Y aquí estoy, aquí estoy.