A navajazos.


Mirarle, tan frágil como fingía ser y tan fuerte como ciertamente era. Sus curvas a rebosar de cicatrices, caíamos en la cama y la sangre se extendía por la piel y cuando ardía, porque créeme, ardía, terminábamos fundidos y ya no sabía donde yo terminaba.
De aquella cama salíamos al amanecer, ella con una cicatriz más y yo dispuesto a esperarla otra vez.

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¿Otro sueño efímero?
Un placer leerlo.